Todas las luchas feministas de nuestro siglo persiguen un mismo objetivo, lograr la soberanía sobre nuestro propio cuerpo. Las mujeres hemos sido educadas durante siglos para “pedir permiso”. Permiso a nuestro padre para amar, permiso a nuestro marido para disfrutar, permiso a la sociedad para decidir. Son incontables las autorizaciones que tenemos que pedir para accionar sobre nuestro territorio original.

     Nuestra libertad es coartada, medida, negada y silenciada sistemáticamente como estrategia perfecta para el correcto funcionamiento del poder patriarcal.

     Crecemos sin conocer el poder de nuestro cuerpo. Maduramos convencidas de pertenecer a la mitad de la humanidad que nació con el sexo débil. En la sociedad occidental y cristiana nos aseguran que hemos sido creadas con apenas una costilla masculina, que nos corresponde sufrir para parir y reprimir nuestros placeres por recato. Ya que cuando papá compró la pelota para el varoncito también compró la escopeta para impedir la sexualidad de la nena. Incluso, se espera de nosotras que no tengamos sexualidad hasta que aparezca un marido o al menos un amante que nos la otorgue. Nos repiten, en silencio, que las nenas no nos tocamos. Dicen que mientras nuestros pares varones atraviesan la “edad de la paja”, nosotras nos “hacemos señoritas”. Por eso debemos aprender a comportarnos adecuadamente para no provocar a los varones de nuestra misma edad, ni a los adultos. Y de esta manera no convertirnos en las responsables de las consecuencias de ser portadoras de un cuerpo de mujer.



La muestra hasta hoy

 

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PODER INFINITO / Las 12, Página 12 (30 de diciembre 2016)

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Entrevista para Siga el Conejo Blanco (diciembre 2016)

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